Vivir una vida que realmente agrade a Dios es el anhelo sincero de todo creyente nacido de nuevo. No se trata solo de asistir a la iglesia, levantar las manos o decir “Gloria a Dios”, sino de un estilo de vida diario, constante, lleno de amor, devoción y unidad, donde Cristo es el centro.
En este nuevo tiempo, con 365 días por delante, Dios nos llama a revisar nuestra manera de vivir a la luz de su Palabra. Romanos 12:10-18 nos muestra un retrato muy práctico de cómo debe lucir una vida que agrada al Señor.
“Amaos los unos a los otros con amor fraternal; en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros… En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor; gozosos en la esperanza; sufridos en la tribulación; constantes en la oración; compartiendo para las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad… Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres.” (Romanos 12:10-18)
A partir de este pasaje, veamos tres características esenciales de una vida que agrada a Dios.
1. Una vida que agrada a Dios es una vida de amor sincero y agradecido
La primera marca que Pablo menciona es el amor fraternal:
“Amaos los unos a los otros con amor fraternal; en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros.” (v.10)
No se trata de un amor superficial, de palabra solamente, sino de un amor entrañable, profundo, que se nota en la manera en que tratamos a nuestros hermanos en la fe.
Amor que honra a los demás
Honrar a los demás significa reconocer el valor que Dios ha puesto en ellos.
En lugar de competir, compararnos o criticar, la Biblia nos llama a preferir a otros, a valorar sus dones, sus esfuerzos y su servicio.
365 días para amar mejor
Cada nuevo año, cada nuevo día, es una oportunidad fresca para amar mejor:
365 días para perdonar.
365 días para honrar.
365 días para abrazar, animar, orar por otros.
Una vida que agrada a Dios no está llena de quejas, murmuraciones y resentimientos, sino de agradecimiento y amor. El que vive agradecido con Dios, trata bien a las personas que Dios puso a su alrededor.
Reflexión personal:
¿Estoy amando a mis hermanos de manera sincera?
¿Se nota en mis palabras, en mi trato y en mis actitudes que tengo un corazón agradecido?
2. Una vida que agrada a Dios es una vida de devoción y servicio ferviente
Romanos 12:11-13 nos muestra el corazón de un creyente que vive entregado a Dios:
“En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor; gozosos en la esperanza; sufridos en la tribulación; constantes en la oración; compartiendo para las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad.”
Aquí encontramos varias expresiones de una vida de devoción.
Servir al Señor con diligencia, no con pereza
Dios no se agrada de un cristiano perezoso espiritualmente.
La obra del Señor requiere diligencia, responsabilidad y entrega.
Servir en la iglesia, evangelizar, discipular, orar, visitar, ayudar: todo esto debe hacerse con un corazón dispuesto.
“Fervientes en espíritu, sirviendo al Señor.”
“Fervientes” significa encendidos, en fuego. Como pentecostales, creemos en la llenura del Espíritu Santo que nos impulsa a servir a Dios con pasión, no con frialdad ni rutina.
Gozo en la esperanza y constancia en la oración
“Gozosos en la esperanza; sufridos en la tribulación; constantes en la oración.”
El gozo del creyente no depende de las circunstancias, sino de la esperanza en Cristo.
Aunque vengan pruebas y tribulación, una vida que agrada a Dios permanece firme, confiando en el Señor.
La clave de esta firmeza es la oración constante:
No solo orar en la iglesia, sino hacer de la casa, de la vida personal, una verdadera “casa de oración”.
La oración diaria alimenta la llama del Espíritu en nuestro interior.
Compartir y practicar la hospitalidad
“Compartiendo para las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad.”
Una vida de devoción no se queda en lo espiritual solamente, también se ve en lo práctico y material.
El cristiano que agrada a Dios:
Comparte con el que tiene necesidad.
Abre sus manos y, cuando es posible, su hogar.
Muestra un corazón generoso, no egoísta.
Reflexión personal:
¿Estoy sirviendo a Dios con diligencia o me he vuelto perezoso?
¿Cómo está mi vida de oración?
¿Soy generoso, comparto con los necesitados, practico la hospitalidad?
3. Una vida que agrada a Dios es una vida de unidad, perdón y paz
Romanos 12:14-18 nos lleva a un terreno muy sensible: cómo reaccionamos ante el mal, la persecución y los conflictos.
“Bendecid a los que os persiguen; bendecid, y no maldigáis… No paguéis a nadie mal por mal… Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres.” (v.14, 17-18)
Bendecir a los que nos hacen daño
Nuestro instinto natural, la carne, siempre quiere responder con la misma moneda:
Me ofenden, yo ofendo.
Me dañan, yo daño.
Me critican, yo critico.
Sin embargo, el mandamiento bíblico es radical:
“Bendecid a los que os persiguen; bendecid, y no maldigáis.”
Esto es imposible con nuestras fuerzas humanas. Solo es posible cuando el Espíritu Santo gobierna nuestro corazón. Una vida que agrada a Dios no se deja dominar por el rencor, sino que decide bendecir, perdonar y orar incluso por quienes le han lastimado.
Unidad verdadera: interesarse en los demás
El creyente que vive en unidad:
Se interesa por el dolor de otros.
Se alegra con los que se alegran y llora con los que lloran (v.15).
No vive centrado en sí mismo, sino con un corazón dispuesto a acompañar, escuchar y apoyar.
La unidad no es simplemente estar juntos en un templo, es tener a Jesús como centro y caminar bajo el mismo sentir del Espíritu.
Dejar que Dios transforme nuestra manera de pensar
Para vivir así, es necesario permitir que Dios cambie nuestras estructuras mentales:
Orgullo.
Deseos de venganza.
Viejos resentimientos.
Costumbres mundanas de “ojo por ojo”.
La Palabra nos llama a no pagar mal por mal y a rechazar toda forma de venganza personal. Esto implica una transformación profunda de la mente y del corazón.
“En cuanto dependa de ti”
“Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres.” (v.18)
No siempre las personas van a querer la paz, pero Dios nos pide que hagamos nuestra parte:
Pedir perdón cuando hemos fallado.
Ofrecer perdón aunque el otro no lo pida.
Soltar rencores y entregar la justicia en manos de Dios.
La paz, muchas veces, comienza con una decisión personal:
“En cuanto dependa de mí, voy a buscar la paz.”
Reflexión personal:
¿Hay personas a las que necesito perdonar?
¿He pagado mal por mal en algún momento?
¿Estoy dispuesto a dejar que Dios cambie mi manera de pensar y reaccionar?
Conclusión: Un llamado a vivir una vida que agrada a Dios
Romanos 12:10-18 nos recuerda que una vida que agrada a Dios es:
Una vida de amor sincero y agradecido.
Una vida de devoción, oración y servicio ferviente.
Una vida de unidad, perdón y paz con los demás.
Dios nos regala un nuevo tiempo, un nuevo ciclo, para revisar nuestra forma de vivir. No se trata solo de emociones de principio de año, sino de una decisión diaria:
“Señor, quiero vivir de una manera que te agrade a Ti.”
Que el Espíritu Santo nos ayude a:
Amar más.
Servir con más pasión.
Orar con más constancia.
Perdonar con más gracia.
Caminar en unidad y paz, reflejando el carácter de Cristo.
