En Éxodo 15:20-27, vemos a María, profetisa y hermana de Aarón, liderando a las mujeres en danza y alabanza después de la victoria sobre el ejército egipcio. Este pasaje nos revela la importancia de la danza como una expresión de libertad y un arma espiritual en la vida del creyente.
María provenía de una generación de mujeres con dones especiales. Las danzoras, a menudo hijas de levitas, eran preparadas para danzar y rendir honor al Rey, tal como David, quien era ungido antes de cantar para llevar la unción a la congregación.
Es crucial entender que, aunque Dios nos ha ungido, el peligro radica en salirnos de su voluntad. Debemos esforzarnos por vivir una vida íntegra, reconociendo que tanto el cantante como el danzón son ministros, ministradores de la presencia de Dios.
María, al tomar el pandero, indicaba que para ella la danza era una costumbre arraigada. Ella danzó libre de la opresión, demostrando que para ser verdaderamente libres, necesitamos ser ministrados por Dios. La danza, en este contexto, se convierte en un arma de guerra espiritual.
Con la danza, podemos vencer complejos, venganzas, timidez y el sentimiento de incapacidad. Nuestro cuerpo expresa la alegría de nuestra libertad en Jesús. La alabanza y la adoración, manifestadas a través de la danza, oxigenan nuestra vida espiritual.
La danza no es solo un acto físico, sino una manifestación de nuestra gratitud y adoración a Dios por su liberación. Al danzar, declaramos nuestra victoria sobre las ataduras y proclamamos la libertad que hemos encontrado en Cristo Jesús.
